domingo 16 de junio de 2024 - Edición Nº2020

Cultura | 21 oct 2023

ESCRITORES COSTEROS

Mis calles | Un relato de la escritora sanclementina Susana Consolino

Un relato de Susana Consolino, coordinadora de el Taller Literario El Principito, nos sumerge en vivencias que nos transportan a lo más recóndito del inconsciente colectivo: la calle; con su gama completa de símbolos y fantasías que nos atraviesan.


Mis calles

Aquella calle- Una calle- Mi calle-
¿ Cuál es mi calle? Todos hablan de su calle, de la calle de cuando eran chicos, de los juegos en la calle, del primer beso en una calle... 

Yo de chica no tuve 'una calle'. Viví en mi pueblo, San Clemente del Tuyú, donde no había calles. Sí estaba la Avenida San Martín y la calle Uno. De arena, como todo lo demás, y en verano se le solía poner ramas de esparto y conchilla para que pudieran pasar los coches de los turistas sin encajarse. Fuera de temporada, coches había muy poquitos, se andaba a caballo, en carros, sulkys, carritos que eran taxis con toldito y asientos. Y la mayoría nos trasladábamos de a pié. Había caminitos, senderos que a veces atravesaban terrenos que hoy están edificados...

 

 

Pero mis padres y yo solíamos ir a Banfield, a la casa de mis abuelos. Cuando cursé el primer grado superior, estuvimos todo el invierno allí. Y creo que ahí está el recuerdo de 'mi calle': Carlos Pellegrini, 1405 para más datos, esquina Cochabamba, frente a la estación. Allí, en esa calle, en esa casa, nací yo. En la casa de mi abuelita Rosalía, mi queridísima abuela. Recuerdo esa casa, con un gran comedor, con grandes muebles, y una mesa inmensa, que la conservo yo, y ahora no es tan grande como creía.

Recuerdo la calle adoquinada, el ruido de los cascos con herraduras de los caballos sobre la piedra pulida y gastada del empedrado. Pasaba el lechero, el pescador, la  Panificaciòn Argentina, con un carromato creo que tirado por dos caballos percherones, verde el carromato, cerrado y con alero para que no se mojara el conductor. Siempre se le compraba algún pan lactal, blanco, en rodajas de forma cuadrada. A pesar de que estaba la panadería de Cadersachi, a la vuelta, en la calle Maipú, era una alegría comerlo.

Recuerdo también el sonido inconfundible del afilador que pasaba todos los días haciendo sonar su silbato tan particular...
Y creo que una vez por semana solía pasar y detenerse en cada esquina y tal vez también a mitad de cuadra , un carromato que a mí me fascinaba y que aún mucho después, en la Zona Norte, he llegado a verlo: el canastero. Tenía plumeros, escobas, cepillos, canastas y canastos de todos los tamaños y formas imaginables y hasta sillas, mesas, y lámparas de pié, la mayoría de caña o de mimbre y también de madera.

Imponente e invasivo el sonido de las máquinas del Ferrocarril Roca, que no sólo pasaban arrastrando los convoyes de coches de pasajeros, muy pulcros todos ellos, no se viajaba en tren, aún siendo una persona muy sencilla, sin estar prolijamente acicalado. Las máquinas también arrastraban larguísimas hileras de vagones. Banfield tenía estación de carga y descarga de mercadería, sobre todo cereales. Debe ser por eso que el silbato de la locomotora y el resoplido del vapor que exhalaba en sus idas y venidas, acomodando los vagones frente a la casa de mi abuela, solía perseguirme en las noches sanclementinas, cuando lo único que se escuchaba era el rugido del mar y el ulular del viento.

Después con el tiempo vinieron otras calles: las de Buenos Aires. Corrientes, Lavalle, los cines, el café con amigas, las charlas interminables en alguna confitería sobre la película que habíamos visto, o los aconteceres de la vida, amores y desamores, entredichos y peleas con los padres... Y 'mi nueva calle', Cangallo, cerquita de Callao. Digo Cangallo, porque todavía se podía andar a cualquier hora, los bares y confiterías y casas de mùsica, farmacias y librerías estaban abiertos siempre, nos conocíamos las caras de tanto pasar. Esas calles de Balvanera y del Centro tan iluminadas, donde se era conocido en el barrio y anónimo al mismo tiempo, siempre me fascinaron.

Como chica de pueblo, criada entre barro y pajonales, y médano con tamarindos, de adolescente y un poco más tarde, me encandilaban las luces de la ciudad.
Hoy, ya grande, mis calles son simplemente las calles del afecto.

Sú Consolino

 

 

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