jueves 02 de diciembre de 2021 - Edición Nº1093

Cultura | 13 nov 2021

UN CUENTO DE SOL MAZUR

La extraña decisión de José Antonio Barí

José Antonio Barí tiene 57 años. Cualquiera que percibe ese número proyecta una cara entrada en vidas, de líneas pronunciadas en los bordes de su rostro, y de pequeñas notas plateadas en su cabeza, ida de naturaleza. Nada más lejos.


José Antonio Barí (1) es de los que no saben de tiempos. Y tal vez sea ese el motivo del por qué odia las fotografías, no hay registro de su infancia. De las pocas fotografías que se conocen, está mirando para abajo. Que en verdad es más adentro que nunca, un gesto típico de los que se sienten invadidos por la mirada ajena. Como anunciando el José Antonio Barí que se avecinaba, tan en sí mismo casi que cortándose el aire. En esos ojos caidos ante la fotografía podía bien ya preveerse las burlas de su destino, sus inseguridades como bandera que de niño podía camuflar bajo una cara enojada o una mirada en baja: "¿Y si no me refleja tal como soy?" "Pero si no me miran, ¿Existo?" 

Ese aterrador pensar que se torna pesar. 

Con los años fue perfeccionando su técnica para asegurarse no salir nunca más en ellas: se dedicó pura y exclusivamente a sacarle él fotos a los otros. 
Esos otros por quienes tuvo terror de ser juzgado, ahora ocupan el lugar de ser juzgados ellos a través de sus ojos. No por venganza. Por instinto puro de supervivencia. Una ecuación inevitable. 

José Antonio Barí llegó a los 40 hundiendose en oscuras memorias. No por lúgubres recuerdos, si no por el dolor que le impartía cada uno de ellos, la fotografía es para Antonio un pasaje a su propio infierno. Nada soporta menos que dejar tatuado en el alma del mundo momentos que no recuperará jamás. José Antonio Barí no cree en los diarios íntimos ni mucho menos en la fotografía. Esta convencido y andá a sacarlo de ahí —a sus 57 años— de que todo lo que habita en ese relato o retrato, no es más que una exageración de lo que fueron los hechos en verdad; el café del bar no es un "manto de caricia a la mañana que suplanta con su aroma la brisa: es un café, posiblemente amargo, y probablemente frío, que tiene olor a cualquier café de cualquier parte, y que a uno por algún recóndito motivo (probablemente un recuerdo bien escondido) le gusta. 

 

 

Y entonces la foto, muestra la risa del momento que más que risa fue un tormento: reír para la camara, que en verdad no es a la camara a quien se ríe o se le mata de risa, si no a los infinitos ojos que van a ver esa sonrisa. ¡Y ni qué fuera! Ojalá la sonrisa fuese dedicada a esos ojos clavados en nuestra presencia helada. Sonreímos para comunicarnos con nosotros mismos mediante la proyeccion que hacemos de nosotros, a través de mirarnos por los ojos de un otro. 
José Antonio Barí no quiere hacerse el tiempo de explicar esto último. Puede uno bien leerlo de nuevo. O puede uno bien seguir de largo y dejar que el inconsciente trabaje por uno. Y ya entenderemos qué quiso decir José Antonio Barí cuando se desarma en explicaciones sobre fotos y retratos. 
Hay algo más que como caballero de antaño no se anima a confesar.

Antonio odia las fotos no por no verse tal cual es en ellas, ni mucho menos por saberse dibujado por él mismo en gestos sin ninguna gran epopeya; José Antonio Barí se vuelve niño y se encierra sobre sí mismo cuando descubre que un momento que puede bien ser perfecto al recuerdo, queda de manifiesto.
¿Qué pasaría con los años? ¿Y si todo se muere? ¿Por qué habría él de retener un instante que decidió dejar de existir naturalmente? Tomar una foto de un paisaje, de uno mismo con el paisaje, o del ser amado y uno mismo en el paisaje, sería como embalsamar al mismísimo amado al morir y dejarlo como cuadro en el cuarto de dormir. ¿Por qué habríamos de torturarnos así? Tomar una foto —se explica— es como embalsamar a un recuerdo. Quitarle su verdad intrínseca. Es decorar el café del bar sólo porque no soportamos la finitud de las cosas. Tomar una foto hasta es un acto de cobardía. ¿Quiénes seríamos si nos reconocieramos sólo por lo que percibimos y no por lo que creemos que percibimos de nosotros mismos —o de un momento— a traves de esa ayuda memoria como diarios íntimos o fotografías? ¿Que hay de malo en el vacío? 

Si, es un riesgo que promete. Hay que confiar más en el inconsciente.
José Antonio Barí sabe que no sacando fotografías de los momentos, puede crearse en sí y para sí, lo más libres recuerdos: coloreados, hasta agrandados, y de los más libres tormentos.

(1): Personaje Ficticio inspirado en la filosofía existencialista de Sartre

Sol Mazur | Faro Noticias

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