Por Sol Mazur
Hay muertes que no terminan en una investigación judicial. Nos enfrentan a una pregunta más incómoda: ¿en qué momento aprendimos a convivir con lo intolerable?
Nancy Godoy, maestra rural asesinada en Corrientes, recorría caminos difíciles para llegar a una escuela donde las condiciones de trabajo eran precarias. Su historia nos devuelve una pregunta elemental: ¿quién cuida a quienes dedican su vida a cuidar?
No sabemos todavía todo lo que rodeó su muerte. Sí sabemos que la justicia debe investigar hasta el final, sin atajos ni silencios. Y que ninguna mujer debería convertirse en noticia para que su desprotección se vuelva visible.
Pero hay algo más: no podemos naturalizar. Ni la violencia contra las mujeres, ni el abandono de quienes trabajan, ni las condiciones indignas que se vuelven paisaje porque se repiten demasiado. La costumbre tiene esa trampa: nos enseña a mirar sin ver, a aceptar como inevitable aquello que debería indignarnos. Y una sociedad empieza a perder algo esencial cuando el horror deja de interrumpir su rutina.
Por eso importan las movilizaciones. La calle no reemplaza a la justicia, pero impide que el olvido haga su trabajo. Cuando una comunidad marcha, transforma el dolor privado en una exigencia colectiva. Le recuerda al poder que hay vidas que no pueden archivarse junto con sus nombres.
Que Nancy no sea otra historia que aprendimos a llorar demasiado tarde. Que su ausencia nos mueva, nos incomode y nos obligue a actuar. Porque el silencio nunca es neutral: a veces, es el lugar donde la injusticia aprende a quedarse. Y no hay resignación más peligrosa que aquella que termina llamando normal a lo intolerable.
