viernes 23 de octubre de 2026 - Edición Nº2879

Locales | 23 oct 2026

DE BUENOS AIRES A PARIS, EL MISMO LIBRETO

La trampa del mérito: cuando la precariedad se disfraza de libertad.

19:24 |Si el pueblo es soberano, ¿Por qué tiene que aceptar como inevitables decisiones sobre su vida que nunca tuvo la posibilidad real de discutir?


Por Sol Mazur*

 

Hay algo indecente en la arquitectura del mundo moderno: exige sacrificios colosales a los de abajo mientras los de arriba firman balances que desafían la decencia geométrica. Nos han vendido el cuento de que la precariedad es una fatalidad meteorológica, una suerte de lluvia ácida inevitable contra la que solo cabe encoger los hombros y aceptar el paraguas de la austeridad. Pero la fotografía que recorre el planeta —un mosaico de barricadas, gases y pancartas que van desde las calles de Milán, Francia y México hasta España, Chile, Brasil, Argentina y Colombia— demuestra exactamente lo contrario. No hay destino manifiesto en la miseria; hay decisiones políticas muy concretas tomadas en despachos alfombrados por gente que jamás ha hecho cuentas para llegar a fin de mes.

Si uno mira con atención el collage global que nos devuelve la pantalla, la consigna central lo resume todo con brutal crudeza: "Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica". Y es lógico que así sea cuando a las nuevas generaciones se les ha robado la gramática del porvenir. Se les exigió estudiar para un empleo que se evaporó, trabajar para una vivienda que se convirtió en un lujo asiático, y creer en una movilidad social que hoy no pasa de ser un chiste cruel. 

Cuando el esfuerzo deja de ser la llave maestra del progreso y pasa a ser el eufemismo favorito de la explotación, la paciencia histórica se agota.

 

La geopolítica del hastío

Lo que ocurre en cada latitud no es una revuelta aislada, sino los síntomas de una misma fiebre sistémica. En Europa y en América Latina, el libreto del poder global es idéntico: desguazar lo público, convertir los derechos esenciales —como la salud, la educación y el trabajo— en mercancías financieras, y culpar a la víctima de su propio naufragio. Si no podés pagar el alquiler, es porque te falta mérito; si la universidad pública se cae a pedazos, es una necesidad técnica del presupuesto.

 

El gran triunfo de los dueños del tablero actual ha sido privatizar las culpas y socializar las penurias. Nos convencieron de que la soledad frente a la boleta impaga es un fracaso individual, cuando en realidad es el resultado matemático de un modelo diseñado para concentrar la riqueza arriba y pulverizar la dignidad abajo.

 

 

El arte de resistir

Apelar a una voz lúcida y sin concesiones exige sacudirse el cinismo de los opinadores seriales que llaman "libertad" a la intemperie y "orden" a la bota en el cuello. Los sectores transformadores con vocación de mayoría no pueden seguir atrapados en la nostalgia de los manuales viejos ni en la autoflagelación intelectual. Debe volver a disputar el sentido común, a demostrar que el Estado no es una empresa privada en quiebra, sino la única trinchera colectiva con la que cuentan los desamparados para frenar la ley de la selva.
Las imágenes de protesta que pueblan el mundo nos recuerdan que la indignación es apenas el combustible, pero el motor real exige organización, conciencia y, sobre todo, la pérdida definitiva del miedo.

Los pueblos no quieren amos más simpáticos; quieren dejar de necesitar amos.

Y cuando un joven en Buenos Aires, en Bogotá o en París decide dejar de hacer cuentas para ver cómo sobrevivir al próximo ajuste y empieza a preguntarse quién decidió que esa debía ser su vida, el sistema cruje. Porque el día en que los de abajo dejen de creer en los cuentos de hadas del mercado, a los de arriba se les terminarán los argumentos y empezarán a sobrarles las excusas:
Ya no tendrán poder.

 

* Faro Noticias

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