

Un reclamo por el volumen de la música. Una respuesta subida de tono. Una discusión que, lejos de apaciguarse, se convirtió en un enfrentamiento que termino violentamente.. Lo ocurrido este domingo en Santa Teresita no es un hecho aislado: es un síntoma de una sociedad en la que la intolerancia y la violencia parecen haber ganado terreno en la resolución de los conflictos.
Nos atraviesa la violencia en cada rincón, en cada discusión sin freno, en cada mirada desafiante que termina en un golpe o en una herida, física o emocional. Nos cuesta dialogar, nos cuesta frenar antes de que sea tarde. Cada vez más, la convivencia se vuelve frágil y el respeto, una moneda devaluada.
La pregunta es inevitable: ¿cómo llegamos a este punto? Tal vez la respuesta esté en la falta de escucha, en la imposibilidad de ponernos en el lugar del otro, en una cultura del enfrentamiento que se naturaliza y que nos empuja a reaccionar con agresión en lugar de buscar soluciones.
Es necesario repensarnos como sociedad. No podemos permitir que una disputa menor escale hasta convertirse a veces en una tragedia. No podemos seguir justificando la violencia como un modo de relación. Es tiempo de frenar, de elegir el camino del respeto y el diálogo. De lo contrario, seguiremos lamentando los efectos de una intolerancia que, de a poco, nos traspasa a todos.