En Argentina ya no sorprende. Un pibe de 17 años muere a piñas frente al casino de Necochea, y en vez de separar, llamar a una ambulancia o al menos gritar que paren, el círculo de amigos filma, alienta (“¡dale, rompelo!”) y sube el video a TikTok o Instagram como si fuera un partido de potrero viral. En Pergamino, un grupo de vecinos rebenquea a un chico de 14 acusado de chorro, lo graban entre risas y puteadas, y el video vuela por grupos de WhatsApp. En el centro porteño, un guardia de seguridad le da una paliza a dos pibes y lo primero que hace es gritar “¡acá no se filma!” mientras otros ya tienen el celular en alto. Y en mil esquinas más: asalto, golpiza, tiro, femicidio grabado desde el balcón. El celular no sale para pedir ayuda; sale para capturar el trofeo.
Esto no es solo “la inseguridad” o “la juventud perdida”. Es algo más profundo y podrido: hemos convertido la violencia en contenido, y la empatía en un lujo que ya no nos podemos permitir. Desde la psicología, el efecto espectador (bystander effect) lo explica desde hace décadas. Cuanta más gente hay alrededor, menos responsabilidad siente cada uno: “ya lo estará grabando otro”, “alguien más va a llamar a la policía”, “total, si está filmado, después se hace justicia”.
Pero las redes sociales lo potenciaron hasta el absurdo. El teléfono no solo difunde la responsabilidad; la transforma en espectáculo. Grabamos porque queremos views, likes, el “mirá lo que vi” que nos da relevancia por 15 segundos. El dolor del otro pasa a segundo plano; lo que importa es el encuadre, el zoom en la sangre, el caption “qué locura boludo”.
Y hay algo peor: la desensibilización. Cuanto más vemos violencia real en la pantalla (no en una película, sino en stories que duran 24 horas), menos nos conmueve. El cerebro se acostumbra, se anestesia. Lo que antes nos dejaba sin dormir ahora es “otro video heavy” que scrolleamos mientras comemos milanesas. Perdemos la capacidad de sentir el horror ajeno como propio. Y sin conmoción no hay acción. Sin acción, la sociedad se va vaciando de humanidad.
En Argentina esto pega doble porque venimos de una historia de mirar para otro lado: dictadura, crisis, saqueos, “que se vayan todos” mientras nos encerrábamos. Pero ahora no es solo pasividad; es pasividad performativa. Filmamos para no intervenir, y al filmar nos convertimos en coautores del show. El delincuente que mata y filma para demostrar poder (como en algunos casos de narco o venganzas barriales) y el vecino que filma sin ayudar son dos caras de la misma moneda: la vida del otro como mercancía visual.
Desde lo humano, duele decirlo: nos hemos vuelto espectadores profesionales del sufrimiento. Nos indignamos en los comentarios (“qué mierda de país”, “hay que hacer algo”), pero cuando nos toca estar ahí, el instinto es sacar el celular en vez de tender una mano.
Lo más perverso es que muchas veces el video que “indigna” es el mismo que genera seguidores, fama o plata para quien no ayudó.
Es una forma de protección: si filmo, no estoy involucrado; si subo, soy testigo, no cómplice. Pero en el fondo sabemos que es mentira. Llegamos a este punto porque el algoritmo premia lo extremo, porque la dopamina del like es más rápida que la culpa, porque la soledad urbana nos hace sentir que “total, a mí no me pasa”, y porque hace años que nadie nos enseña (en la escuela, en la familia, en la calle) que la solidaridad no es un extra: es lo mínimo para seguir siendo humanos.
En el siglo XX el horror se negaba. En el XXI se monetiza.
Y lo más triste, lo más lamentable: mientras sigamos aplaudiendo el show desde la pantalla, mientras el celular siga siendo el escudo para no sentir, la violencia no solo va a seguir; va a escalar. Porque cuando nadie interviene de verdad, cuando el dolor del otro se vuelve entretenimiento, todos perdemos un poco más de lo que nos quedaba de humanidad.
Ojalá algún día nos duela lo suficiente como para bajar el teléfono y empezar a hacernos cargo. Pero hoy, mirando lo que sube minuto a minuto, la verdad es que no sé si ese día va a llegar.
Qué bronca, che. Qué tristeza inmensa.
L.G