Por Sol Mazur*
Brasil no estaba escrito .
Lula remonta frente al bolsonarismo y vuelve a poner en discusión el rumbo político de América Latina.
La derecha ya se había acostumbrado a contar la historia antes de que terminara. América Latina giraba hacia la derecha, los sectores progresistas pertenecían al pasado y Lula era un dirigente al que solo le quedaba administrar su despedida. Pero llegó el balotaje brasileño y los pronósticos volvieron a enfrentarse con algo que a veces olvidan: los pueblos votan, y no siempre como les conviene a quienes creen haber entendido el mundo.
Durante años, las fuerzas conservadoras consiguieron convertir el malestar social en una impugnación general de la política progresista. La inflación, la inseguridad y el desencanto se transformaron en argumentos para presentar el ajuste como una necesidad y los derechos sociales como un lujo que los países ya no podían permitirse.
Pero una cosa es capitalizar la bronca y otra resolver los problemas que la producen.
Lula representa una alternativa a ese proyecto. Su trayectoria política está asociada a la defensa de los trabajadores, las políticas sociales y la reducción de las desigualdades. Entre otros. Lo que demuestra esta elección es que una parte importante de Brasil sigue considerando que hay otras respuestas posibles.
Una noticia que cruza la frontera
Brasil no es un país más en el mapa latinoamericano. Su peso económico y diplomático lo convierte en un actor central para la integración regional. La continuidad de Lula ofrece la posibilidad de fortalecer una agenda sudamericana que no dependa exclusivamente de la orientación política de Washington.
Para Argentina, la cuestión es especialmente relevante.
Javier Milei respaldó a la familia Bolsonaro y atacó públicamente a Lula. El enfrentamiento escaló hasta provocar una protesta diplomática brasileña, después de que el presidente argentino insinuara irregularidades en el proceso electoral. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil calificó esas declaraciones como una injerencia inaceptable.
El contraste político es evidente. Pero las consecuencias más importantes no se miden en declaraciones ni en redes sociales: se miden en la relación entre dos países que necesitan cooperar.
Brasil es un socio comercial fundamental para Argentina. Una relación bilateral deteriorada puede complicar negociaciones económicas y la coordinación regional. Eso no significa que la elección brasileña vaya a provocar automáticamente un perjuicio económico argentino; significa que el Gobierno de Milei tendrá que gestionar una relación estratégica con un presidente al que ha convertido en adversario ideológico.
La diplomacia debería servir precisamente para eso: defender los intereses nacionales incluso cuando quien gobierna del otro lado de la frontera piensa distinto.
Lula consiguió algo más que revertir la desventaja de la primera vuelta. Quedó demostrado que la polarización no garantiza la victoria de la derecha y que el clima político de una época no determina por sí solo el resultado electoral.
No es el final del bolsonarismo. Tampoco una garantía de que la izquierda vaya a recuperar el poder en otros países de la región. Brasil sigue profundamente dividido y Lula tendrá que demostrar que puede responder a las necesidades concretas de su población.
Pero hay una diferencia entre reconocer los límites de una victoria y negar su importancia.
En América Latina, donde demasiadas veces se presenta la desigualdad como una fatalidad y el ajuste como el único camino posible, que una alternativa política conserve capacidad de convocatoria es un dato relevante.
La historia no se terminó. Y, al menos por ahora, tampoco la discusión sobre qué país queremos construir.
Porque lo verdaderamente incómodo para quienes anunciaban el triunfo inevitable de la derecha no es que Lula siga siendo Lula.
Es que millones de brasileños todavía pueden elegir otra cosa.
*Faro Noticias