La imagen tradicional de un sacerdote suele estar asociada exclusivamente a su labor religiosa. Sin embargo, Maxi Turri, cura párroco de San Bernardo, combina su vocación pastoral con el trabajo en la construcción, una actividad que le permite ganarse la vida y sostenerse económicamente.
Su jornada comienza temprano y transcurre entre las tareas propias de la obra. A las 17, cuando termina de trabajar, cambia el ritmo de sus actividades para dedicarse de lleno a la parroquia, donde atiende a los fieles, participa de reuniones, escucha consultas, realiza confesiones y celebra misas. Los fines de semana, en tanto, quedan destinados por completo a la actividad religiosa.
Turri explicó que su decisión también busca derribar ciertos prejuicios instalados en torno a la situación económica de los sacerdotes.
“Cuando vos imaginás un cura, la imagen popular dice que los curas vivimos con lingotes de oro debajo de la cama”, expresó. Y agregó: “Todo eso es una falacia que yo hace 20 años que me dedico a desmentir y nadie me cree”.
En ese sentido, señaló que los sacerdotes no reciben necesariamente un salario de las instituciones religiosas o del Estado, sino que dependen, en gran medida, de los aportes de la comunidad.
“Como los curas no recibimos plata ni del Vaticano, ni del Obispado, ni de la Nación, vivimos de la colecta. La realidad es que la colecta no alcanza”, sostuvo.
Ante esa situación, explicó que muchos sacerdotes buscan otras alternativas laborales para cubrir sus necesidades. Algunos se dedican a la educación, otros cumplen funciones rentadas como capellanes y otros, como él, trabajan en distintas actividades para obtener sus ingresos.
Volver al primer amor
En el caso de Turri, la construcción no es un oficio ajeno a su historia personal. Por el contrario, forma parte de sus raíces familiares y de sus primeros años de vida.
“Yo soy heredero del trabajo de la construcción: mi abuelo, mi papá. De chico me tocó trabajar en la construcción y volví a ese primer amor, que era precisamente ganarse la plata con el trabajo”, contó.
La posibilidad de regresar a esa actividad surgió a partir de una oportunidad laboral en la que, según relató, encontró apertura y ausencia de prejuicios frente a su condición de sacerdote.
Así comenzó un camino que lleva varios meses y que le permite combinar sus dos responsabilidades sin ocultar ninguna de ellas. Por el contrario, considera que ambas forman parte de su vida cotidiana y que pueden convivir con naturalidad.
“Yo salgo a las 5 de la tarde del trabajo y me dedico a la parroquia”, explicó. La organización de sus horarios le permite concentrar las principales actividades pastorales durante la tarde y la noche, mientras que los sábados y domingos quedan reservados para atender las necesidades de la comunidad.
Una vocación que también se construye
La rutina implica que, durante buena parte del día, los vecinos no encuentren al sacerdote en la parroquia. Sin embargo, Turri explicó que la comunidad conoce su situación y comprende que está cumpliendo con sus obligaciones laborales.
En ocasiones, las urgencias pastorales requieren que interrumpa sus tareas y acuda a atender alguna necesidad. También puede suceder que deba realizar un responso u otra actividad religiosa durante el horario de trabajo, presentándose con la ropa de la construcción.
“La gente también sabe que durante el día al cura no lo encuentra, ¿por qué? Porque está trabajando. ¿Cómo, trabajando? ¿Cómo el cura trabajando? Sí, está trabajando”, relató.
Lejos de considerar esa situación como un inconveniente, sostiene que no tiene motivos para esconderla.
“No es nada oculto ni tengo nada de qué avergonzarme, todo lo contrario. Llego de trabajar y realizo mi tarea de sacerdote con total normalidad”, afirmó.
Además de la posibilidad de obtener sus ingresos, destacó el ambiente humano que encontró en su lugar de trabajo. Para él, las relaciones entre compañeros y el respeto mutuo son aspectos fundamentales para hacer más llevadera la jornada.
“Hay un grupo de trabajo hermoso. Una de las cosas que el coordinador siempre prevalece es no solamente lo técnico, que es parte, sin ninguna duda, sino lo humano”, señaló.
Y completó: “Lo humano tiene que ver con ganas de sumar, ganas de aportar y buen clima. Y eso hace que las horas de trabajo se hagan mucho más llevaderas”.
La experiencia de Maxi Turri muestra una faceta poco habitual de la vida sacerdotal, atravesada por la necesidad de sostenerse económicamente mediante un empleo y, al mismo tiempo, mantener el compromiso con su comunidad. Entre la obra y la parroquia, organiza sus días con una convicción que resume su manera de entender el trabajo: ganarse la vida con el propio esfuerzo, sin renunciar a su vocación religiosa.