Hay números que, cuando aparecen en un expediente judicial, parecen pertenecer únicamente al mundo de los balances: 40 mil dólares, 57 millones de pesos, más de 20 millones de pesos mensuales. Pero detrás de esas cifras hay seres vivos.
Cuatro pingüinos saltarines que permanecen en el ex Aquarium de Mar del Plata fueron incorporados al proceso de quiebra del establecimiento y valuados en unos 40 mil dólares. La sindicatura fijó en 57 millones de pesos el valor conjunto de estos ejemplares de la especie Eudyptes chrysocome, con la intención de avanzar en una eventual venta que permita afrontar parte de los costos que todavía genera el mantenimiento del predio.
La situación resulta difícil de separar de una pregunta inevitable: ¿cómo se valora económicamente la vida de un animal que depende de los seres humanos para sobrevivir?
El ex Aquarium permanece cerrado desde marzo de 2025, pero sus puertas cerradas no significaron el final de las responsabilidades. En el predio todavía quedan alrededor de 59 aves marinas y unos doce trabajadores que continúan alimentándolas, cuidándolas y manteniendo en condiciones los espacios donde viven.
El establecimiento necesita más de 20 millones de pesos mensuales para afrontar insumos y salarios. A esa cifra se suman las deudas acumuladas con exempleados, bancos, la empresa distribuidora de energía y organismos de recaudación.
En medio de ese escenario, los animales aparecen registrados como parte de los activos de una empresa en quiebra. Una clasificación que puede resultar jurídicamente necesaria, pero que también expone una contradicción profunda: un animal puede tener un valor económico dentro de un expediente, pero su bienestar no puede reducirse a ese valor.
El caso no es nuevo. A fines de 2025, diez delfines nariz de botella fueron vendidos a Egipto por 800 mil dólares, en lo que fue la primera operación de este tipo dentro de la sindicatura.
El Aquarium funcionaba desde 1993 en un predio de nueve hectáreas frente al mar. Tras el vencimiento del contrato de alquiler en 2022, los propietarios resolvieron destinar el terreno a otros proyectos y reclamaron su devolución completamente desocupada y sin animales.
Algunos de los lobos marinos fueron trasladados a las instalaciones de Mundo Marino, en San Clemente del Tuyú. Sin embargo, la colonia de pingüinos continúa siendo uno de los principales obstáculos para concretar el cierre definitivo y devolver el inmueble.
La sindicatura plantea que, si la venta internacional de los cuatro ejemplares no llega a concretarse, los 57 millones de pesos correspondientes a su tasación deberán descontarse del valor total de los activos de la quiebra.
Pero más allá de lo que diga un expediente, hay una cuestión que permanece abierta: ¿qué destino es el mejor para esos animales?
El cierre de un espacio que durante décadas funcionó como lugar de exhibición no debería significar que los animales queden atrapados en las consecuencias económicas de una empresa. Tampoco debería recaer exclusivamente sobre trabajadores que, aun con una institución cerrada y con recursos limitados, siguen sosteniendo su cuidado.
Los pingüinos no eligieron formar parte de un balance, de una deuda ni de una quiebra. Su futuro depende ahora de decisiones humanas. Y quizás esa sea la parte más importante de esta historia: recordar que, detrás de cada cifra, hay una vida que no entiende de dólares ni de pesos, pero que sí necesita cuidado, protección y un destino digno.