Desde la Teoría del Vínculo de Pichon-Rivière, entendemos que el bienestar individual también está atravesado por los vínculos y las relaciones que construimos con los demás. En este sentido, “la salud mental no es un lujo individual, es un bien común que se defiende en cada gesto de cuidado comunitario”.
En nuestra vida cotidiana, la exigencia constante se ha convertido en un mandato silencioso: producir más, rendir siempre y no detenerse.
La hiperproductividad no es solamente un fenómeno individual. Es también una construcción social que atraviesa nuestros vínculos, las instituciones y las comunidades.
Desde dicha teoria sabemos que el malestar no se aloja únicamente en la persona, sino también en las tramas de relaciones que lo sostienen.
El agotamiento emocional puede ser, entonces, también un agotamiento colectivo. Se expresa en familias que corren detrás de horarios imposibles, en trabajadores que sienten que nunca llegan a cumplir con todo y en estudiantes que viven bajo la presión constante de alcanzar la excelencia.
Frente a este escenario, la salud mental nos recuerda que las comunidades también se construyen como respuesta al desgaste. Aparecen así las redes de apoyo, los espacios de encuentro y las prácticas de cuidado compartido.
Allí donde las exigencias nos fragmentan, la comunidad puede ayudarnos a recuperar un ritmo más humano.
No se trata solamente de sobrevivir al cansancio, sino de recuperar el sentido de lo cotidiano: el descanso como un derecho, la calma como un acto colectivo y la solidaridad como una forma de resistencia.
Columna enviada por Gustavo Jorge, Psicólogo Social Comunitario – MP N.º 4902.