Haber vivido una infancia libre de abusos, violencia o abandono protege esa matriz emocional y reduce significativamente la posibilidad de sufrir ansiedad o depresión en el futuro.
Ser padres nunca fue una tarea sencilla para nadie, y mucho menos en estos tiempos, en los que la tecnología ocupa gran parte de la atención de los niños y niñas, dificultando muchas veces encontrar ese espacio de charla, escucha y acompañamiento. A esto se suma el poco tiempo que, por cuestiones laborales y obligaciones cotidianas, muchas veces podemos dedicarles, incluso cuando más nos necesitan.
Por supuesto que no existen padres perfectos, simplemente porque el ser humano se equivoca. Pero también es a través de los errores que aprendemos. Podemos ser perfectibles, es decir, siempre tenemos la posibilidad de mejorar: evitar cometer los mismos errores, cambiar aquello que no nos gustaba cuando éramos hijos y, ya siendo adultos, llegar a comprender y perdonar a nuestros propios padres. Esto también nos ayuda a sanar heridas que, quizás, ellos nunca pudieron sanar.
A veces se torna difícil dar u ofrecer aquello que nunca se tuvo: afecto, comprensión, escucha, comunicación, entre tantas otras cosas. Sin embargo, podemos aprender a construir aquello que nos faltó.
Hay una frase que resume gran parte de esta reflexión: “Lo que siembras en su niñez, lo cosecharás en su adultez”.
Sin extenderme demasiado, porque este es un tema serio y profundo, quiero recalcar la importancia de que un niño crezca en un ambiente donde se sienta valioso, escuchado y respetado, protegido de aquellas vivencias y conflictos que solo conciernen a los adultos.
En este Día del Niño, más allá de los juguetes, los regalos y las celebraciones, sería bueno preguntarnos qué estamos dejando en el corazón de nuestros hijos.
Y, para finalizar mi reflexión, vuelvo al título de esta nota:
Ese regalo invisible es garantizarles la salud mental de por vida.
Yolanda Matilde Aciar
DNI 34.553.462